En España vuelven las clases presenciales. Septiembre es el mes de inicio del año escolar y, aunque estamos en pandemia, la fecha sigue siendo la misma, todo parece indicar que es ineludible: habrá vuelta al cole presencial.

La pandemia ¿nos ha hecho reflexionar? Espero que sí. En temas de educación hay cosas que han cambiado. Sin duda, las dinámicas y la cotidianidad se han visto modificadas. En esta ocasión quiero tratar algo que me inquieta desde hace algunos años: ¿ir al cole con ropa de calle o con uniforme escolar? Hay quienes dicen que es decisión de cada centro, pero cuando se impone el uso del uniforme ¿se pregunta a la comunidad educativa o es una decisión de la dirección del centro?

En los meses de clases online niños y niñas han estado en sus casas sin uniforme, aunque debo decir que hubo centros educativos que al inicio del confinamiento querían que los estudiantes vistieran uniforme, supe de un colegio en Colombia que había implementado esta medida. Es claro que el uniforme no es ni un facilitador ni un obstáculo para aprender. Entonces, ¿por qué sigue habiendo centros educativos públicos, semi privados y privados que aún se empeñan en exigirlo?

Al repasar la historia o los motivos del por qué exigen los uniformes, podemos encontrar que en el siglo XX se impuso como distintivo entre la educación escolar y la universitaria, también se atribuye su uso a un objetivo de militarizar a la sociedad a través de símbolos que unifiquen; otros expresan que es un distintivo para que los estudiantes se sientan parte de una institución (aquí estaría el valor de la identidad) y, por último, el objetivo más aceptado es el que es una opción más económica para las familias. Olvidaba otro motivo: “la presentación personal”. Lo pongo entre comillas porque me parece que si un centro educativo argumenta que el uniforme es por “presentación personal” parte de la idea de que la gente anda “impresentable”.

Como educadora creo que lo fundamental es la inclusión y reconocer realmente la singularidad de cada persona. En ese sentido, si la educación del siglo XXI tiene como principio el de valorar la diversidad, las particularidades, los ritmos y las cualidades de cada uno, entonces por qué se les exige una uniformidad. Creo que el uniforme contradice la mirada de esa nueva escuela inclusiva. Por otra parte, hay centros educativos que tienen uniformes con altos costos, así que el objetivo del ahorro también se desploma.

Conversando con diferentes personas y familias con niños en edad escolar, me decían que el uso del uniforme era algo práctico, es verdad que te ahorras de pensar qué ropa llevar, pero el uniformar a las personas hace que pases por encima del principio de la diversidad. ¿Qué pasa si un niño no quiere llevar corbata? ¿Qué pasa si una niña no quiere vestir esa ropa deportiva? Más allá de las insignias y colores, se impone un tipo de ropa y, muchas veces, hasta cortes de pelo o peinados.

Pongo como ejemplo a Chile. Quedé sorprendida cuando leí que en este país el uniforme escolar no es obligatorio por ley y que incluso se puede sancionar a un establecimiento si es que se le prohíbe el acceso a un estudiante por no llevar el uniforme. Mi sorpresa fue porque allí lo normal es llevar uniforme escolar. La ley dice que el uso del uniforme debe ser acordado con la comunidad escolar e informado previo a la matrícula. Además, las familias no pueden ser obligadas, presionadas o inducidas a comprar a un proveedor determinado por el establecimiento. El Ministerio de Educación dice que debe ser un acuerdo. Me pregunto si las voces de los estudiantes son consideradas realmente.

Pienso en el poder, en la dominación y la autoridad. El uniforme está relacionado con ello, con reducir al otro, imponer una voz, es una forma perfecta para reducir al otro hacia el sometimiento, porque es una norma que silencia, que ha de cumplirse sin cuestionamientos. Lo que se quiere es controlar en vez de autorizar, el tener autoridad como docente o como institución, una autoridad lograda en el reconocimiento del otro, en el diálogo. Me sigue rondando la pregunta ¿dónde está el valor del otro, el valor de la singularidad, dónde están las preferencias y los deseos?

Algunos países han vuelto a clases o volverán dentro de poco; otros están evaluando las posibilidades de volver. Espero que lo que mueva esas decisiones sea el bienestar de niños y niñas, sus aprendizajes, las interacciones y el valor de reconocerlos como personas íntegras. No nos desgastemos imponiendo uniformes.